Cuando se le preguntaba a Ives Klein porqué pintaba una y otra vez con  su característico azul, el artista respondía con un cuento de sabiduría persa. Un flautista tocaba siempre una sola nota, cuando su mujer le preguntó porque no probaba con ricas y diversas melodías como lo hacían los otros flautistas, él respondió: qué culpa tengo yo si los otros todavía siguen buscando la nota que yo ya había encontrado. Algo semejante le sucedió a Diana Randazzo cuando descubrió la forma del mandala. Dentro de esta forma sagrada existen infinitas variantes, muchas de las cuales, como el laberinto, fueron transitadas por nuestra artista. Si bien hace unos años la palabra de origen sánscrito no era tan conocida, hoy ha llegado a un público más amplio. El pensador suizo Carl Gustav Jung la introdujo en el lenguaje científico para designar un tipo de representación geométrica que ordena las partes en un centro, y llegó a la conclusión de que un individuo puede encontrar su propio centro si frecuenta esta forma, sea en forma dibujada, pintada, danzada o similar. El célebre siquiatra decía que la psiquis tenía un centro ordenador que denominó Selbst, y que se traduce al español como Sí mismo, de él surgen los arquetipos que pautan el proceso de individuación, es decir de un ser indiviso, aquel que transforma su sombra en su guía interior.
Curiosamente la naturaleza también parece ordenarse a partir del mandala. Se nota con claridad en el reino vegetal, las flores tiene un centro del que parten los pétalos, y los árboles tienen un eje alrededor del cual crecen las ramas. Diana Randazzo ha creado una serie de fotos digitales que parten de imágenes de la naturaleza, y que modifica con ayuda de la computadora. En sus viajes  por el norte argentino, por los desiertos patagónicos y otros paisajes, Diana camina con lentitud para poder observar el paisaje con atención. No lo hace a la manera de los románticos alemanes, pasmándose ante la inmensidad para sentirse un punto en el universo, sino todo lo contrario; su vista es microscópica y va al detalle, a lo mínimo, porque sabe o intuye que el microcosmos se refleja en el macrocosmos. Diana no hace documentalismo de mandalas naturales, opta por un procedimiento más complejo; toma el fragmento de un cactus, un tronco, un pimpollo o una planta carnosa (aunque también de un glaciar u otros paisajes), luego procesa la imagen rotándola cuatro veces y finalmente la recorta en círculo. La nueva imagen se estructura con dos ejes, uno vertical y otro horizontal; en la tradición simbólica la vertical es yang, masculina, solar y activa; es la lluvia que fertiliza a la tierra que es horizontal, yin, femenina, lunar y pasiva. Es decir, tenemos aquí los dos principios complementarios del universo condensados en una forma que llamamos cruz, que es universal y pre cristiana.
El análisis morfológico de las formas naturales es lo más parecido a un ejercicio de meditación. Cuando se observa la naturaleza se comprueba que las hojas, las flores, los frutos, las semillas, siguen el impulso de la expansión circular. ¿Por qué sucede esto? La ciencia todavía no lo ha podido explicar, y los místicos de diversas tradiciones dicen que ese impulso se debe a “la sabiduría del alma del mundo”. Con sus fotos Diana trata de subrayar las posibilidades formales del movimiento expansivo del alma del mundo que siempre parte de un centro, en cada obra hay una finalidad claramente estética, pero a la vez busca conducir al espectador hacia el conocimiento de la Unidad.

Julio Sánchez

DIANA RANDAZZO //// www.dianarandazzo.com.ar / obra@dianarandazzo.com.ar / Rosario, Santa Fe, Argentina.